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lunes, 9 de diciembre de 2013

Dos pesos de agua - Juan Bosch.-

Leí este cuento el fin de semana pasado en la casa de una amiga y me encantó, así que para el que no lo ha leído, les dejaré el cuento Dos pesos de agua del ilustre escritor dominicano Juan Bosch

DOS PESOS DE AGUA:


La vieja Remigia sujeta el aparejo, alza la pequeña cara y dice:

-Dele ese rial fuerte a las ánimas pa que llueva, Felipa.

Felipa fuma y calla. Al cabo de tanto oír lamentar la sequía levanta los ojos y recorre el cielo con ellos. Claro, amplio y alto, el cielo se muestra sin una mancha. Es de una limpieza desesperante.

-Y no se ve nadita de nubes -comenta.

Baja entonces la mirada. Los terrenos pardos se agrietan a la distancia. Allá, al pie de la loma, un bohío. La gente que vive en él, y en los otros, y en los más remotos, estará pensando como ella y como la vieja Remigia. ¡Nada de lluvia en una sarta bien larga de meses! Los hombres prenden fuego a los pinos de las lomas; el resplandor de los candelazos chamusca las escasas hojas de los maizales; algunas chispas vuelan como pájaros, dejando estelas luminosas, caen y florecen en incendios enormes: todo para que ascienda el humo a los cielos, para que llueva... Y nada. Nada.

-Nos vamos a acabar, Remigia -dice.

La vieja comenta:

-Pa lo que nos falta.

La sequía había empezado matando la primera cosecha; cuando se hubo hecho larga y le sacó todo el jugo a la tierra, les cayó encima a los arroyos; poco a poco los cauces le fueron quedando anchos al agua, las piedras surgieron cubiertas de lama y los pececillos emigraron corriente abajo. Infinidad de caños acabaron por agotarse, otros por tornarse lagunas, otros lodazales.

Sedientos y desesperados, muchos hombres abandonaron los conucos, aparejaron caballos y se fueron con las familias en busca de lugares menos áridos.

La vieja Remigia se resistía a salir. Algún día caería el agua; alguna tarde se cargaría el cielo de nubes; alguna noche rompería el canto del aguacero sobre el ardido techo de yaguas. Algún día...

***

Desde que se quedó con el nieto, después que se llevaron al hijo en una parihuela, la vieja Remigia se hizo huraña y guardadora. Pieza a pieza fue juntando sus centavos en una higera con ceniza. Los centavos eran de cobre. Trabajaba en el conuquito, detrás de la casa, sembrando maíz y frijoles. El maíz lo usaba en engordar los pollos y los cerdos; los frijoles servían para la comida. Cada dos o tres meses reunía los pollos más gordos y se iba a venderlos. Cuando veía un cerdo mantecoso, lo mataba; ella misma detallaba la carne y de las capas extraía la grasa; con ésta y con los chicharrones se iba también al pueblo. Cerraba el bohío, le encarbaba a un vecino que le cuidara lo suyo, montaba el nieto en el potro bayo y lo seguía a pie. En la noche estaba de vuelta.

Iba tejiendo su vida así, con el nieto colgado en el corazón.

-Pa ti trabajo, muchacho -le decía-. No quiero que pases calores, ni que te vayas a malograr, como tu taita.

El niño la miraba. Nunca se le oía hablar, y aunque apenas alzaba una vara del suelo, madrugaba con su machete bajo el brazo y el sol le salía sobre la espalda, limpiando el conuco.

La vieja Remigia tenía sus esperanzas. Veía crecer el maíz, veía florecer los frijoles; oía el gruñido de sus puercos en la pocilga cercana; contaba las gallinas al anochecer, cuando subían a los palos. Entre días descolgaba la higera y sacaba los cobres. Había muchos, llegó también a haber monedas de plata de todos tamaños.

Con un temblor de novia en la mano, Remigia acariciaba su dinero y soñaba. Veía al muchacho en tiempo de casarse, bien montado en brioso caballo alazano, o se lo figuraba tras un mostrador, despachando botellas de ron, varas de lienzo, libras de azúcar. Sonreía, tornaba a guardar su dinero, guindaba la higera y se acercaba al nieto, que dormía tranquilo.

Todo iba bien, bien. Pero sin saberse cuándo ni cómo se presentó aquella sequía. Pasó un mes sin llover, pasaron dos, pasaron tres. Los hombres que cruzaban por delante de su bohío la saludaban diciendo:

-Tiempo bravo, Remigia.

Ella aprobaba en silencio. Acaso comentaba:

-Prendiendo velas a las ánimas pasa esto.

Pero no llovía. Se consumieron muchas velas y se consumió también el maíz en sus tallos. Se oían crujir los palos; se veían enflaquecer los caños de agua; en la pocilga empezó a endurecerse la tierra. A veces se cargaba el cielo de nubes; allá arriba se apelotonaban manchas grises; bajaban de las lomas vientos húmedos, que alzaban montones de polvo...

-Esta noche sí llueve, Remigia -aseguraban los hombres que cruzaban.

-¡Por fin! Va a ser hoy -decía una mujer.

-Ya está casi cayendo -confiaba un negro.

La vieja Remigia se acostaba y rezaba: ofrecía más velas a las ánimas y esperaba. A veces le parecía sentir el roncar de la lluvia que descendía de las altas lomas. Se dormía esperanzada; pero el cielo amanecía limpio como ropa de matrimonio.

Comenzó la desesperación. La gente estaba ya transida y la propia tierra quemaba como si despidiera llamas. Todos los arroyos cercanos habían desaparecido; toda la vegetación de las lomas había sido quemada. No se conseguía comida para los cerdos; los asnos se alejaban en busca de mayas; las reses se perdían en los recodos, lamiendo raíces de árboles; los muchachos iban a distancias de medio día a buscar latas de agua; las gallinas se perdían en los montes, en procura de insectos y semillas.

-Se acaba esto, Remigia. Se acaba -lamentaban las viejas.

Un día, con la fresca del amanecer, pasó Rosendo con la mujer, los dos hijos, la vaca, el perro y un mulo flaco cargado de trastos.

-Yo no aguanto, Remigia; a este lugar le han hecho mal de ojo.

Remigia entró en el bohío, buscó dos monedas de cobre y volvió.

-Tenga; préndamele esto de velas a las ánimas en mi nombre -recomendó.

Rosendo cogió los cobres, los miró, alzó la cabeza y se cansó de ver cielo azul.

-Cuando quiera, váyase a Tavera. Nosotros vamos a parar un rancho allá, y dende agora es suyo.

-Yo me quedo, Rosendo. Esto no puede durar.

Rosendo volvió el rostro. Su mujer y sus hijos se perdían ya en la distancia. El sol parecía incendiar las lomas remotas.

***

El muchacho se había puesto tan oscuro como un negro. Un día se le acercó:

-Mamá, uno de los puerquitos parece muerto.

Remigia se fue a la pocilga. Anhelantes, resecas las trompas, flacos como alambres, los cerdos gruñían y chillaban. Estaban apelotonados, y cuando Remigia los espantó vio restos de un animal. Comprendió: el muerto había alimentado a los vivos. Entonces decidió ir ella misma en busca de agua para que sus animales resistieran.

Echaba por delante el potro bayo; salía de madrugada y retornaba a medio día. Incansable, tenaz, silenciosa, Remigia se mantenía sin una queja. Ya sentía menos peso en la higuera; pero había que seguir sacrificando algo para que las ánimas tuvieran piedad. El camino hasta el arroyo más cercano era largo; ella lo hacía a pie, para no cansar la bestia. El potro bayo tenía las ancas cortantes, el pescuezo flaco, y a veces se le oían chocar los huesos.

El éxodo seguía. Cada día se cerraba un nuevo bohío. Ya la tierra parda se resquebrajaba; ya sólo los espinosos cambronales se sostenían verdes. En cada viaje el agua del arroyo era más escasa. A la semana había tanto lodo como agua; a las dos semanas el cauce era como un viejo camino pedregoso, donde refulgía el sol. La bestia, desesperada, buscaba donde ramonear y batía el rabo para espantar las moscas.

Remigia no había perdido la fe. Esperaba las señales de lluvia en el alto cielo.

-¡Ánimas del Purgatorio! -clamaba de rodillas-. ¡Ánimas del Purgatorio! ¡Nos vamos a morir achicharrados si ustedes no nos ayudan!

Días más tarde el potro bayo amaneció tristón e incapaz de levantarse; esa misma tarde el nieto se tendió en el catre, ardiendo en fiebre. Remigia se echó afuera. Anduvo y anduvo, llamando en los distantes bohíos, levantando los espíritus.

-Vamos a hacerle un rosario a San Isidro -decía.

-Vamos a hacerle un rosario a San Isidro -repetía.

Salieron una madrugada de domingo. Ella llevaba el niño en brazos. La cabeza del muchacho, cargada de calenturas, pendía como un bulto del hombro de su abuela. Quince o veinte mujeres, hombres y niños desharrapados, curtidos por el sol, entonaban cánticos tristes, recorriendo los pelados caminos. Llevaban una imagen de la Altagracia; le encendían velas; se arrodillaban y elevaban ruegos a Dios. Un viejo flaco, barbudo, de ojos ardientes y acerados, con el pecho desnudo, iba delante golpeándose el esternón con la mano descarnada, mirando a lo alto y clamando:

¡San Isidro Labrador!
¡San Isidro Labrador!
Trae el agua y quita el sol,
¡San Isidro Labrador!

Sonaba ronca la voz del viejo. Detrás, las mujeres plañían y alzaban los brazos.

***

Ya se habían ido todos. Pasó Rosendo, pasó Toribio con una hija medio loca; pasó Felipe; pasaron unos y otros. Ella les dio a todos para las velas. Pasaron los últimos, una gente a quienes no conocía; llevaban un viejo enfermo y no podían con su tristeza; ella les dio para las velas.

Se podía tender la vista sin tropiezos y ver desde la puerta del bohío el calcinado paisaje con las lomas peladas al final; se podían ver los cauces secos de los arroyos.

Ya nadie esperaba lluvia. Antes de irse los viejos juraban que Dios había castigado el lugar y los jóvenes que tenía mal de ojo.

Remigia esperaba. Recogía escasas gotas de agua. Sabía que había que empezar de nuevo, porque ya casi nada quedaba en la higuera, y el conuco estaba pelado como un camino real. Polvo y sol; sol y polvo. La maldición de Dios, por la maldad de los hombres, se había realizado allí; pero la maldición de Dios no podía acabar con la fe de Remigia.

***

En su rincón del Purgatorio, las ánimas, metidas de cintura abajo entre las llamas voraces, repasaban cuentas. Vivían consumidas por el fuego, purificándose; y, como burla sangrienta, tenían potestad para desatar la lluvia y llevar el agua a la tierra. Una de ellas, barbuda, dijo:

-¡Caramba! ¡La vieja Remigia, de Paso Hondo, ha quemado ya dos pesos de velas pidiendo agua!

Las compañeras saltaron vociferando:

-¡Dos pesos, dos pesos!

Alguna preguntó:

-¿Por qué no se le ha atendido, como es costumbre?

-¡Hay que atenderla! -rugió una de ojos impetuosos.

-¡Hay que atenderla! -gritaron las otras.

Se corría la voz, se repetían el mandato:

-¡Hay que mandar agua a Paso Hondo! ¡Dos pesos de agua!

-¡Dos pesos de agua a Paso Hondo!

-¡Dos pesos de agua a Paso Hondo!

Todas estaban impresionadas, casi fuera de sí, porque nunca llegó una entrega de agua a tal cantidad; ni siquiera a la mitad, ni aun a la tercera parte. Servían una noche de lluvia por dos centavos de velas, y cierta vez enviaron un diluvio entero por veinte centavos.

-¡Dos pesos de agua a Paso Hondo! -rugían.

Y todas las ánimas del Purgatorio se escandalizaban pensando en el agua que había que derramar por tanto dinero, mientras ellas ardían metidas en el fuego eterno, esperando que la suprema gracia de Dios las llamara a su lado.

***

Abajo, en Paso Hondo, se nubló el cielo. Muy de mañana Remigia miró hacia oriente y vio una nube negra y fina, tan negra como una cinta de luto y tan fina como la rabiza de un fuete. Una hora después inmensas lomas de nubes grises se apelotonaron, empujándose, avanzando, ascendiendo. Dos horas más tarde estaba oscuro como si fuera de noche.

Llena de miedo, con el temor de que se deshiciera tanta ventura, Remigia callaba y miraba. El nieto seguía en el catre, calenturiento. Estaba flaco, igual que un sonajero de huesos. Los ojos parecían salirle de cuevas.

Arriba estalló un trueno. Remigia corrió a la puerta. Avanzando como caballería rabiosa, un frente de lluvia venía de las lomas sobre el bohío. Ella sonrió de manera inconsciente; se sujetó las mejillas, abrió desmesuradamente los ojos. ¡Ya estaba lloviendo!

Rauda, pesada, cantando broncas canciones, la lluvia llegó hasta el camino real, resonó en el techo de yaguas, saltó el bohío, empezó a caer en el conuco. Sintiéndose arder, Remigia corrió a la puerta del patio y vio descender, apretados, los hilos gruesos del agua; vio la tierra adormecerse y despedir un vaho espeso. Se tiró afuera, rabiosa.

-¡Yo sabía, yo lo sabía, yo lo sabía! -gritaba a voz en cuello.
 
¡Lloviendo, lloviendo! clamaba con los brazos tendidos hacia el cielo. ¡Yo lo sabía!

De pronto penetró en la casa, tomó al niño, lo apretó contra su pecho, lo alzó, lo mostró a la lluvia.
 
¡Bebe, muchacho; bebe, hijo mío! ¡Mira agua, mira agua!

Y sacudía al nieto, lo estrujaba; parecía querer meterle dentro el espíritu fresco y disperso del agua.

***

Mientras afuera bramaba el temporal, soñaba adentro Remigia.
 
Ahora se decía, en cuanto la tierra se ablande, siembro batata, arroz tresmesino, frijoles y maíz. Todavía me quedan unos cuartitos con que comprar semillas. El muchacho se va a sanar. ¡Lástima que la gente se haya ido! Quisiera verle la cara a Toribio, a ver qué pensaría de este aguacero. Tantas rogaciones, y sólo me van a aprovechar a mí. Quizá vengan agora, cuando sepan que ya pasó el mal de ojo.

El nieto dormía tranquilo. En Paso Hondo, por los secos cauces de los arroyos y los ríos, empezaba a rodar agua sucia; todavía era escasa y se estancaba en las piedras. De las lomas bajaba roja, cargada de barro; de los cielos descendía pesada y rauda. El techo de yaguas se desmigajaba con los golpes múltiples del aguacero. Remigia se adormecía y veía su conuco lleno de plantas verdes, lozanas, batidas por la brisa fresca; veía los rincones llenos de dorado maíz, de arroz, frijoles, de batatas henchidas. El sueño le tornaba pesada la cabeza.

Y afuera seguía bramando la lluvia incansable.

***

Pasó una semana; pasaron diez días, quince... Zumbaba el aguacero sin una hora de tregua. Se acabaron el arroz y la manteca; se acabó la sal. Bajo el agua tomó Remigia el camino de Las Cruces para comprar comida. Salió de mañana y retornó a media noche. Los ríos, los caños de agua y hasta las lagunas se adueñaban del mundo, borraban los caminos, se metían lentamente entre los conucos. Una tarde pasó un hombre. Montaba mulo pesado.
 
¡Ey, don! llamó Remigia.

El hombre metió la cabeza del animal por la puerta.
 
Bájese pa que se caliente invitó ella.

La montura se quedó a la intemperie.
 
El cielo se ta cayendo en agua explicó él al rato. Yo como usté dejaba este sitio tan bajito y me diba pa las lomas.
 
¿Yo dirme? No, hijo. Horita pasa este tiempo.
 
Vea se extendió el visitante, esto es una niega. Yo las he visto tremendas, con el agua llevándose animales, bohíos, matas y gente. Horita se crecen todos los caños que yo he dejado atrás, contimás que ta lloviéndoles duro en las cabezadas.
 
Jum… Peor que esto fue la seca, don. Todo el mundo le salió huyendo, y yo la aguanté.
 
La seca no mata, pero el agua ahoga, doña. Todo eso y señaló lo que él había dejado a la puerta ta anegado. Como tres horas tuve esta mañana sin salir de un agua que me le daba en la barriga al mulo.

El hombre hablaba con voz pausada, y sus ojos grises, atemorizados, vigilaban el incesante caer de la lluvia.

Al anochecer se fue. Mucho le rogó Remigia que no cogiera el camino con la oscuridad.
 
Dispué es peor, doña. Van esos ríos y se botan...

Remigia se fue a atender al nieto, que se quejaba débilmente.

***

Tuvo razón el hombre. ¡Qué noche, Dios! Se oía un rugir sordo e inquietante; se oían retumbar los truenos; penetraban los reflejos de los relámpagos por las múltiples rendijas.

El agua sucia entró por los quicios y empezó a esparcirse en el suelo. Bravo era el viento en la distancia, y a ratos parecía arrancar árboles. Remigia abrió la puerta. Un relámpago lejano alumbró el sitio de Paso Hondo. ¡Agua y agua! Agua aquí, allá, más lejos, entre los troncos escasos, en los lugares pelados. Debía descender de las lomas y en el camino real se formaba un río torrentoso.
 
¿Será una niega? se preguntó Remigia, dudando por vez primera.

Pero cerró la puerta y entró. Ella tenía fe; una fe inagotable, más que lo que había sido la sequía, más que lo sería la lluvia. Por dentro, su bohío estaba tan mojado como por fuera. El muchacho se encogía en el catre, rehuyendo las goteras.

A medianoche la despertó un golpe en una esquina de la vivienda. Se fue a levantar, pero sintió agua hasta casi las rodillas. Bramaba afuera el viento. El agua batía contra los setos del bohío.

¡Ay de la noche horrible, de la noche anegada! Venía el agua en golpes; venía y todo lo cundía, todo lo ahogaba. Restalló otro relámpago, y el trueno desgajó pedazos de oscuro cielo.

Remigia sintió miedo.
 
¡Virgen Santísima! clamó.—  ¡Virgen Santísima, ayúdame!

Pero no era negocio de la Virgen, ni de Dios, sino de las ánimas, que allá arriba gritaban:
 
¡Ya va medio peso de agua! ¡Ya va medio peso!

***

Cuando sintió el bohío torcerse por los torrentes, Remigia desistió de esperar y levantó al nieto. Se lo pegó al pecho; lo apretó, febril; luchó con el agua que le impedía caminar; empujó, como pudo, la puerta y se echó afuera. A la cintura llevaba el agua; y caminaba, caminaba. No sabía adónde iba. El terrible viento le destrenzaba el cabello, los relámpagos verdeaban en la distancia. El agua crecía, crecía. Levantó más al nieto. Después tropezó y tornó a pararse. Seguía sujetando al niño y gritando:
 
¡Virgen Santísima, Virgen Santísima!

Se llevaba el viento su voz y la esparcía sobre la gran llanura líquida.
 
¡Virgen Santísima, Virgen Santísima!

Su falda flotaba. Ella rodaba, rodaba. Sintió que algo le sujetaba el cabello, que le amarraban la cabeza. Pensó:
 
En cuanto esto pase siembro batata.

Veía el maíz metido bajo el agua sucia. Hincaba las uñas en el pecho del nieto.
 
¡Virgen Santísima!

Seguía ululando el viento, y el trueno rompía los cielos. Se le quedó el cabello enredado en un tronco espinoso. El agua corría hacia abajo, hacia abajo, arrastrando bohíos y troncos. Las ánimas gritaban, enloquecidas:
 
— ¡Todavía falta; todavía falta! ¡Son dos pesos, dos pesos de agua! ¡Son dos pesos de agua!

domingo, 30 de junio de 2013

104 años de el natalicio de Juan Bosch

Escribió más de 50 libros, todos estos sin ser bachiller, figuró en las más importantes antologías literarias de nuestra lengua y sus obras fueron traducidas en más de 14 idiomas.

Juan Emilio Bosch Gaviño, nació en la provincia de La Vega el 30 de junio de 1909. Hijo de Don José Bosch y Doña Ángela Gaviño. Su padre era Catalán y la madre, Puertorriqueña y se habían establecido en el país a finales del siglo pasado XIX.

La infancia y adolescencia de Bosch tienen, según se ha expresado en múltiples ocasiones, una importancia capital de sus inicios en la literatura.

En primer lugar, la cultura de su abuelo, Juan Gaviño, así como el amor a los buenos libros y la sensibilidad social de su padre, José Bosch Subirats, determinaron su inclinación por la literatura.

De niño, a Bosch siempre le llevaron a las tertulias del escritor cubano-dominicano Federico García-Godoy, en el parque de La Vega y estuvo presente en el recibimiento que se hizo en su ciudad natal al poeta español Francisco Villaespesa en el año 1920.
Se le hablaba de la intervención militar norteamericana a su país en el año 1916 y de los acontecimientos políticos internacionales. Ese marco familiar le llevó a manifestar su inquietud de escritor desde muy temprano; pasión artística que se manifestó, primero, a través de la escultura, y luego del cuento y la poesía.

La madurez intelectual de Bosch era tal que ya en 1929, en su artículo, "Los Dos caminos de la Hora", anunciaba una dictadura en República Dominicana. Poco después, a solicitud de sus padres, viajó a Barcelona.

A su regreso de Barcelona en 1930, Rafael Leónidas Trujillo Molina hacía poco que había tomado posesión como Presidente de la República. Es en esa época que se inicia realmente su carrera de escritor. Bosch publica cuentos y poemas en los principales periódicos y revistas del país.

En 1933 circula su primer volumen de cuentos, Camino Real. Su naciente notoriedad comenzó a preocupar al régimen y, sin justificación, se le acusó de terrorista y se le sometió a la justicia en 1934.

La incipiente dictadura se le acercó al joven escritor, en ese mismo año se le nombró en la Dirección General de Estadísticas. Pero esto no era suficiente, su actualidad intelectual provocada por la publicación de Indios, apuntes históricos y leyendas y La Mañosa, novela de las revoluciones, llamaron la atención del dictador Rafael Leónidas Trujillo.

Para comprometerlo, le propuso hacerle diputado y Bosch, valiéndose de un subterfugio médico, pudo salir hacia San Juan, Puerto Rico, en enero de 1938.
El exilio abre nuevos horizontes a Juan Bosch. Durante casi un año dirige la edición de las obra completas de Eugenio María de Hostos y publica en las revistas Alma Latina de Puerto Rico y Carteles de Cuba. En Puerto Rico publicó Mujeres en la vida de Hostos (1938) y en Cuba, Hostos el sembrador (1939).

En 1944 mientras se encontraba exiliado en Cuba dictó en La Habana, capital cubana, una conferencia acerca de las características del cuento, la cual podría ser considerada como el ancestro de Apuntes sobre el arte de escribir cuentos. En Cuba alcanzó su plenitud literaria.

Para el 1950 Bosch es ya una figura de dimensión latinoamericana. Había sido consejero del presidente cubano Carlos Prío Socarrás, se había relacionado con los presidentes Rómulo Betancourt,  Rómulo Gallegos, José María Figueres Olsen y  Juan José Arévalo.

Su obra circulaba por toda América. Sin embargo, la presión de Trujillo al gobierno de facto de Fulgencio Batista en Cuba le obligó a refugiarse en Costa Rica. Por presiones de Anastacio Somoza, dictador de Nicaragua y amigo de su homólogo dominicano, se vio obligado a refugiarse primero en Bolivia y luego en Chile.

De su paso por Chile quedan los libros Cuba, la isla fascinante, La Muchacha de la Guaira, Judas Iscariote, el calumniado y Cuento de Navidad.

La década 50-60 proyecta a Bosch fuera de América. Viaja a París, Bruselas y Viena, para denunciar la dictadura de Trujillo en República Dominicana. Luego viaja a Israel para darle los toques finales a su obra David, biografía de un rey. A su regreso a Cuba fue hecho prisionero.

Poco antes de la muerte de Trujillo, a finales de 1960, escribió "La Mancha indeleble", que trataba de lo que iba a suceder en República Dominicana con la desaparición del dictador; el rol que le tocó jugar a Bosch le obligó a interrumpir una obra que había logrado reconocimiento internacional.

El 20 de octubre de 1961, Bosch regresa a la República Dominicana y terminan casi 24 años de exilio.

Al margen de las colecciones de cuentos publicados a su regreso, y de David, biografía de un rey, este sólo publicó, Crisis de la democracia de América en la República Dominicana (1964), libro que luego al producirse la intervención militar norteamericana, sería traducida al inglés y al francés. Sus "Apuntes sobre el arte de escribir cuentos" y varios de sus cuentos fueron traducidos al ruso.

Los años que van de 1966 a 1973 marcan un período de reflexión ideológica para Juan Bosch. Las obras que publicará en lo sucesivo así como sus relaciones con países socialistas dan cuenta de esa evolución: El Pentagonismo, sustituto del imperialismo, traducido a más de doce idiomas, la polémica tesis de Dictadura con respaldo popular, los viajes a Yugoeslavia, Rumanía, Corea del Norte, China, Viet-Nam y Camboya. Este es un período rico en gráficas y documentos. Se trata de años de estudios y de reflexión que transformaron su visión del mundo.

Poco antes de regresar a Santo Domingo en 1970, entrega a una imprenta el libro,  De Cristóbal Colón a Fidel Castro, el Caribe, frontera imperial. Ya en su país publica, Composición Social Dominicana, un análisis que revolucionaría de la historiografía Dominicana, este libro es recomendado por muchos profesores a la hora de dar clases.

A pesar de haber dicho en 1973 que abandonaba definitivamente la literatura publica,  como señalamos antes, una colección de cuentos y una novela: Cuentos escritos antes del exilio y El Oro y la Paz. Sin embargo siempre mantuvo una estrecha relación con la literatura y las artes, llegó a escribir un cuento en 1979:"El Culpable".
Este último, fue escrito a petición del poeta dominicano Manuel Rueda para incluirlo en una antología para niños, representa una suerte de construcción en abismo de las razones por las que abandonó la literatura.

La bibliografía de Juan Bosch, entre 1973 y 1996, se enriquece considerablemente.
Recibe en 1988, el premio de mejor libro extranjero de cuentos de la Fundación FNAC.
En 1989, se comenzaron a publicar los primeros nueve volúmenes de sus obras completas.

Entre sus obras más destacadas pueden nombrarse:

      Camino Real (1933)

      La Gaviota (1934)

      Indios (1935)

      La Mañosa (1936)

      Dos Pesos de Agua (1941)

      Póker de Espanto en el Caribe (1955)

      Cuentos de Navidad (1956)

      Trujillo: Causas de una Tiranía sin Ejemplo (1959)

      Cuba, La Isla Fascinante (1962)

      Cuentos Escritos en el Exilio (1962)

      Más Cuentos Escritos en el Exilio (1964)

      La Muchacha de la Guaira (1970)

      De Cristóbal Colón a Fidel Castro (1970)

      Breve Historia de la Oligarquía (1971) entr otras.

El ensayo político, histórico y sociológico ocupó de manera brillante el lugar de la literatura en la abundante obra de Juan Bosch.

De los trabajos posteriores a su carrera literaria sobresalen su monumental historia del Caribe, su valioso análisis de la pequeña burguesía, su estudio de las dictaduras, del capitalismo tardío y del feudalismo en la República Dominicana, así como también su tesis sobre el pentagonismo -traducida a más de doce idiomas. Todo esto sin contar sus ensayos sobre la política dominicana de los últimos 40 años, ni sus folletos de historia y  charlas radiales.

El 19 de junio de 1934, Bosch contrajo matrimonio con Isabel García Aguiar, procreando con ella a sus hijos León y Carolina; durante su exilio volvió a casarse, el 30 de junio de 1943, con la cubana Carmen Quidiello, con quien también tuvo dos hijos, Patricio y Bárbara.

Don Juan, como es cariñosamente recordado por muchos, murió el 1 de noviembre de 2001, en Santo Domingo. Como ex presidente de la República en el 1962, recibió los honores correspondientes en el Palacio Nacional, y fue enterrado en su ciudad natal de La Vega.

Fuentes: Educando.edu.do
"La lectura es lo mismo para la mente, que el ejercicio para el cuerpo"